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Lo hizo por órdenes de su nuevo amor. Me drogaba, luego me subía a la planta de arriba de la casa y mandaba hombres, uno tras otro, para que se acostaran conmigo. En el piso de abajo, le pagaban a él.

Algunas eran menores de edad , con documentación falsa. Las otras estaban en su veintena, pero en sus manos años antes. Sentí que él no me quería. Yo era leal a él y hacía todo lo que me pedía. Me sentía despreciada y estaba convencida de que yo había hecho algo mal.

Me pegaba con un cinturón. Me enseñó a no sentir dolor. Me maltrataba y golpeaba hasta que un día dejé de sufrir y sentir dolor. Ahí fue cuando paró. El prostíbulo donde acabó ejerciendo Alexandra fue determinante para ella. Los clientes eran gente abusiva. Uno quería que yo fuese como un perro. Me puso un collar y me ató al radiador. Me pasé toda la noche ahí.

Y al día siguiente me volvió a violar. Otros hacían conmigo lo que querían. Uno me violó y después me puso una pistola en la cabeza para matarme. Apretó el gatillo pero no salía ninguna bala. Yo me hice pis encima del miedo que pasé. Tras varias semanas, y aprovechando un momento de despiste del guardia, escapó de ese lugar.

Anita de Wit , madre de una chica de 25 años, abre las puertas de su casa a El Confidencial para mostrar el lugar en el que ha acogido a decenas de jóvenes que han caído en una red de prostitución forzada.

Su fundación se llama " stoploverboys" y para gestionarla recibe la ayuda de su otro hijo, un chaval que se patea ahora las calles intentando aliviar el sufrimiento de muchas chicas que se prostituyen en las calles. El movimiento juvenil del Partido Social holandés ROOD es uno de los grupos que han llevado a cabo campañas en Holanda para ayudar las víctimas de violencia sexual y prostitución.

A día de hoy, solo en la capital holandesa, hay 40 niñas en tratamiento psicológico tras haber sido víctimas de trata de personas. Santiago de Chile Explotación sexual y menores. Así es el sórdido mundo de los 'cafés con piernas'. Entramos en varios de estos locales. El pasado 1 de agosto, un holandés de 28 años, residente de Utrecht, fue condenado a tres años de prisión por un intento de trata de seres humanos y de forzar a una niña menor de edad a la prostitución.

Tenía antecedentes penales por una causa similar. Inició una relación sentimental con una joven, le hizo fotos y vídeos mientras se estaba duchando y amenazó con publicarlas en las redes sociales si no se prostituía para él. El colegio no proporcionó un ambiente seguro de aprendizaje e ignoró sus frecuentes ausencias, recalcó la víctima. El problema es tanto sacar a las víctimas de estas redes, como reintegrarlas en la sociedad. Me daban muchas crisis, ataques de locura, estaba todo el día con tranquilizantes.

Me quitaban la ropa, me ataban y me dejaban sola en aislamiento. Me trataban como una loca. Alexandra lleva dos años teniendo pesadillas cada noche y las cicatrices que marcan todo su cuerpo son reflejo de todo lo que le pasó. Algunas se las hizo ella misma , otras las palizas de clientes y proxenetas. Yo he sentido mucha vergüenza y miedo. En Titania Compañía Editorial, S.

Agradecemos de antemano a todos nuestros lectores su esfuerzo y su aportación. Dibujo realizado por Alexandra, víctima de la explotación sexual. La Haya Contacta al autor.

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Le hicieron sentirse importante. Asegura que ya ha superado todo lo ocurrido, pero el temblor de sus manos y el movimiento continuo de sus piernas la delata. A pesar de haber legalizado la prostitución, voluntaria y ejercida por mayores de 18 años, y de tener inmensos barrios rojos repartidos por diferentes ciudades del país, Holanda ha dejado cabos sueltos: Algunos de mi clase.

Quedamos un día y me presentaron a un hombre mayor que les pasaba droga. Me dijo que tenía que vender yo también , como el resto del grupo. Me amenazó con ir a la Policía y decirles lo que había hecho. Me dijo que ahora tenía que darle dinero, de otra manera: Estuvo todo el curso con su destino atado al humor de su proxeneta. La recogía cada mañana y se la llevaba a Rijswik, una zona residencial a unos 20 minutos de La Haya, donde atendía a la clientela. Él lo tenía todo calculado para que nunca me pillasen.

La niña que nunca faltaba a clase y que siempre iba con un boletín de buenas notas a sus padres, cambió radicalmente de vida. Empezó a fumar y a descubrir las drogas de manos de un proxeneta. Alexandra se acostaba con esos hombres vigilada por un señor que rondaba los cuarenta. Un día, de repente, nadie vino a recogerla a la puerta del colegio. Los muchachos entraron a clase como si nada estuviese pasando.

Y ella hizo lo mismo. Alejandra de espaldas a su dibujo, que denuncia el proxenetismo escolar en Holanda. Ese día, Alexandra volvió a casa pero no le contó nada a nadie. Decidió mantenerlo en secreto mientras asimilaba que ya nadie iba a suministrarle drogas ni tenía que acostarse con hombres que le triplicaban la edad.

Su proxeneta, aquel hombre que le pegaba una cachetada cada vez que se quejaba, el mismo que le regalaba prendas nuevas para mostrarse sexy, y que había irrumpido en su adolescencia para ponerle fin, estaba ya en manos de la Policía.

Desde entonces, decenas de jóvenes, no solo menores, son víctimas de la explotación sexual. Alexandra afirma durante la entrevista que se reconoce en la descripción policial. Los traficantes son muy escurridizos y sus crímenes son difíciles de demostrar, como constatan las víctimas y las autoridades.

Las violaciones no tienen lugar en un supermercado, sino en casas, a las que las chicas acaban yendo de alguna manera voluntariamente, y ninguna tiene pruebas de nada. Era muy agradable, le conté lo que me pasó y siempre me repetía que no todas las relaciones giraban en torno al sexo, que él me quería de verdad, y me iba a proteger.

Ese sexagenario estaba preparando el camino para reconocer su verdad, y la de su amigo. Sorprendida por esta oferta, Alexandra miró entonces a su novio, en busca de socorro y protección.

Su respuesta, asegura, fue: Lo hizo por órdenes de su nuevo amor. Me drogaba, luego me subía a la planta de arriba de la casa y mandaba hombres, uno tras otro, para que se acostaran conmigo. En el piso de abajo, le pagaban a él. Algunas eran menores de edad , con documentación falsa. Las otras estaban en su veintena, pero en sus manos años antes. Sentí que él no me quería. Yo era leal a él y hacía todo lo que me pedía.

Me sentía despreciada y estaba convencida de que yo había hecho algo mal. Me pegaba con un cinturón. Me enseñó a no sentir dolor. Me maltrataba y golpeaba hasta que un día dejé de sufrir y sentir dolor. Ahí fue cuando paró. El prostíbulo donde acabó ejerciendo Alexandra fue determinante para ella. Los clientes eran gente abusiva. Uno quería que yo fuese como un perro.

Me puso un collar y me ató al radiador. A su llegada se encontró con el apoyo de sus compañeras de cabina: El marido de Martine no tenía trabajo y Louise le ofreció trabajar en el burdel limpiando cabinas. Con los meses, tras despertar el interés de algunos clientes, terminó en una. Gracias a ese éxito, y cansadas de rendir cuentas a otros, en los ochenta abrieron su propio burdel.

Llegaron a ganar tanto dinero que se pudieron comprar un coche a los pocos meses, se enorgullece Louise. Los problemas con la Administración les llevaron a fundar The Little Red, el primer sindicato independiente de prostitutas.

Pero el momento amargo para las Fokkens fue cuando tuvieron que cerrar su negocio por problemas con los grandes empresarios de la industria del sexo y el Gobierno, dice Louise.

Pero no dejaron de trabajar. Louise recuerda que algunos las han llevado de viaje a Israel, Italia o España, aunque si habla algo de castellano es por su segundo marido, un barcelonés con quien tuvo a su cuarta hija María Conchita. Muchos quieren jugar al juego de la seducción. Si no fuera por eso, hoy seguiría en su escaparate: Ahora regentan una pequeña tienda en el centro de la ciudad en la que venden postales, sus cuadros y también sus libros.

Muchos se acercan para conocerlas y hacerse fotos con las dos gemelas.